Me gusta contar cuentos

El otro día dormían en casa 7 amigas de mi hija. Sí, 7. Con mi hija, 8. Colchones al suelo y ¡ale!, arreglado.

Ya eran la una y media de la mañana (habían hecho de todo: patinar, jugar a médicos, cenar huevos fritos con patatas fritas, columpiarse en el columpio nuevo de casa…) y no se había dormido ninguna, ni parecían tener intención de hacerlo, así que me dije:

– John (en realidad, me dije Juan, pero claro, aquí queda mejor John), cuéntales cuentos hasta que se duerman. Los que haga falta.

Y me puse manos a la obra. Esta vez decidí no inventar. Les encanta, pero les espabila. Acudí a mi libro de cuentos de referencia.

(Inciso: si no lo tenéis, compradlo, es una maravilla)

Y empecé: un cuento, dos cuentos, tres cuentos, cuatro cuentos. Cada vez que acababa uno decía algo así como (con la voz más dulce de la que soy capaz, que no es mucho):

– Las que aún no estéis dormidas, aprovechad para iros durmiendo, que es muy tarde.

Y cinco cuentos, seis cuentos. No sé cuántos cuentos llevaba ni cuántas veces había dicho eso de “Las que aún no estéis dormidas…” cuando una de ellas, M, la única que quedaba despierta me dijo:

– Juan (no me llaman John, claro), para porque yo no me voy a dormir escuchando cuentos. A mí me adormilan, pero como me encantan, no me duermen.

Le contesté:

– Buenas noches y gracias por avisar, M.

Y me fui a la cama.

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