Dejemos que los bebés y los niños lloren

(y los adultos)

Claro que sí. Parece de sentido común, pero es tan difícil. Están tan a mano el “no ha sido nada”, las mil maneras de distraerles, la teta*.

Dejarles llorar cuando se caen y se hacen daño, y cuando se caen y, aunque no se hagan daño, se asustan.

Dejarles llorar cuando les decimos que no a algo y les jode. ¿Encima que les decimos que no, se han de reprimir el llanto?

Dejarles llorar cuando están tristes.

Dejarles llorar cuando no pueden más, cuando están tan potrosos que no vale nada. Lo que Aletha J. Solter llama “el síndrome de la galleta rota”.

Y estar con ellos cuando lloran, claro. Cogerles en brazos, mirarles, escucharles, acompañarles. Dedicarles tiempo cuando lloran. Estar ahí.

Y huelga decir que no dejarles llorar cuando tienen hambre o sed o ganas de brazos o, en definitiva, cuando les pasa algo que está en nuestras manos dárselo y podemos y queremos dárselo.

Esta entrada es a propósito de nuestra última recomendación en el facebook de Litera libros. Pedazo álbum nos está quedando. Estamos muy contentos.

* Sé que lo de la teta es polémico. Larga vida a la controversia, a la discusión.

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